Cotorras, fruta y el manejo de vida silvestre en el siglo XXI
- Wild Punta del Este

- 8 feb
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Días pasados, en un periódico de la capital (versión impresa), se abordó la controversia relacionada al impacto de la Cotorra (Myiopsitta monachus) sobre frutales en departamentos del sur de país. La nota comienza con un breve resumen de la situación: a) una ONG ambientalista presentó una acción de amparo vinculada al programa de gobierno para abatir la población de Cotorras en zonas de montes frutales (áreas rurales de Canelones, Montevideo y San José); b) la ONG había cuestionado la metodología propuesta (“aplicación de un cebo muy tóxico en los nidos de las cotorras.”) “por ser muy agresiva y con posible afectación ambiental”; 3) el cuestionamiento fue desestimado por la justicia ya que se entendió que, por un lado, hay un “ejercicio legítimo de las competencias ministeriales” (en alusión a la facultad del MGAP respecto del control de plagas con base en la Ley 18.441, artículo 12 literal C de 1947), y por otro, existe “una delimitación espacial y temporal” (el programa no será generalizado); 4) la ONG está evaluando si apela la decisión.
La nota menciona una serie de datos y argumentos, algunos de ellos basados en información e interpretaciones que generan dudas desde la perspectiva de la ciencia. A continuación, se presenta información adicional con dos objetivos: 1) ofrecer datos y visiones alternativos que complementan o contradicen algunos de los comentarios mencionados en la nota; 2) proporcionar más contexto e insumos para la reflexión con relación a la campaña propuesta. La información biológica sobre la Cotorra mencionada más abajo está basada en el portal Birds of the World (birdsoftheworld.org) y las fuentes allí citadas, así como en referencias puntuales derivadas del trabajo de campo en Uruguay y la región.
1) Sobre la longevidad.
Se hace referencia a la longevidad de la Cotorra (con relación al potencial de crecimiento poblacional muy importante): “…la cotorra es un bicho muy longevo, que puede llegar a vivir 15 años.” (en otra parte de la nota se comenta que “vive más de 15 años y, a veces hasta 30.”)
Aquí el problema es la interpretación inexacta de información biológica. Trabajos técnicos de poblaciones silvestres reportan registros de longevidad (en condiciones naturales) de al menos 6 años. Las cifras mencionadas en el artículo de prensa reflejan datos de individuos en cautiverio (sin desafíos vinculados a la alimentación y la depredación), por lo general significativamente más altos que los de la naturaleza. En definitiva, se presentan datos (extraordinarios) de cautiverio que poco tienen que ver con la longevidad natural (mucho menor) de la especie. Es como utilizar datos de longevidad de perros de compañía en la caracterización del potencial demográfico del Lobo silvestre.
2) Sobre condiciones beneficiosas derivadas de cambios ambientales.
Las Cotorras habrían aprovechado cambios ambientales, generándose una situación ventajosa ante sus depredadores naturales: “…hay cambios ambientales que han incidido en la proliferación de la cotorra. Años atrás hacían sus nidos en talas o molles y tenías depredadores como los gatos monteses que controlaban su población. Ahora anidan en eucaliptos altos a los que no llegan esos depredadores…”.
Aquí se presenta una supuesta causalidad sin mayores evidencias. A continuación, algunos datos que no se alinean con lo expuesto o que ofrecen mayor contexto. En Uruguay, las Cotorras hacen sus nidos en eucaliptos (y otros árboles altos) desde hace mucho tiempo (siglo XIX). Actualmente también siguen nidificando en árboles nativos (bajos), incluso teniendo disponibilidad de montes de eucaliptos en las cercanías. A lo largo de su rango original de distribución, hay regiones sin mayor disponibilidad de eucaliptos donde las Cotorras son muy abundantes.
El uso de montes de abrigo evidentemente ha permitido la expansión de la Cotorra en la región pampeana, en especial en áreas con escasa vegetación arbórea (dominadas por pastizales hasta hace unos 200 años). Es lógico pensar que los nidos construidos en árboles más altos las pone fuera de alcance de algunos depredadores terrestres. Sin embargo, hay diversos depredadores aéreos (rapaces diurnas y nocturnas) que se alimentan de Cotorras, tanto en sus nidos (independientemente de la altura) como fuera de ellos. Este grupo de animales seguramente es (y ha sido históricamente) mucho más relevante desde la perspectiva del balance poblacional de la Cotorra que los depredadores terrestres. Además, la nidificación en árboles altos como los eucaliptos también trae asociados otros riesgos tales como la susceptibilidad de los nidos a los efectos de vientos fuertes que terminan derribándolos.
La abundancia actual de la especie podría estar más asociada a la gran disponibilidad “artificial” de fuentes de alimento (cultivos, por ejemplo) que al uso de sitios de nidificación que pueden ofrecer ventajas frente a ciertos depredadores.
3) Sobre la dieta.
“Lo que más le gusta es el maíz pero luego sigue con la fruta”. En Progreso las Cotorras “arrasaron los manzanos…”; en una localidad de San José “se ha llegado a perder “el 30% de la fruta.”
Las Cotorras consumen muchos elementos vegetales (semillas, hojas, frutos, etc.) de especies nativas, cultivadas e incluso invasoras. En Sudamérica prefieren los alimentos nativos. Obviamente si éstos escasean o no están disponibles aprovecharán otros recursos; o sea se comportan como cualquier otro animal (humano incluido).
4) Sobre los métodos de control.
4.1) “…deben utilizarse todos los métodos posibles para controlar el crecimiento desmedido.” ““Se dejó de controlar la población, explotó y generó un desequilibrio.””
Estos comentarios generan muchas dudas (como mínimo). El llamado al uso de “todos los métodos posibles” parece una estrategia temeraria (considerando todo tipo de posibles efectos secundarios asociados) además de poco eficiente. En Argentina, se ha subrayado la ineficacia de diversos métodos de control (incluyendo el envenenamiento). Por otra parte, una vez más se presentan causalidades sin mayor sustento. Con algo más de perspectiva y análisis queda claro que el crecimiento desmedido y el desequilibrio asociado lo genera el humano; el tamaño poblacional de la Cotorra es un síntoma (no la causa) de la situación. Tener claro todos los factores asociados a un problema es un paso fundamental para la identificación de soluciones.
4.2) Según los ambientalistas el programa implicará la aplicación de “cebo muy tóxico” en los nidos de las cotorras.
La Cotorra presenta características de una especie “ingeniera ecosistémica”; genera “recursos” en el ambiente que son aprovechados por otras especies. El nido en particular es una estructura compleja que es utilizada por muchos otros animales, incluyendo diversos depredadores que controlan tanto a las poblaciones de Cotorras como a las de otras especies que causan potenciales impactos negativos sobre la agricultura. ¿Existe evidencia de que los cebos destinados a la Cotorra no afectan a otras especies que son muy relevantes en la trama ecológica? Otro punto para considerar es que, una vez eliminada una población local de Cotorras, otros individuos llegarán a ocupar el mismo espacio. Sin cierto nivel de certeza sobre estos aspectos parecen escasas las probabilidades de que el programa genere resultados positivos concretos y sostenibles en el tiempo.
4.3) “…no hay ““crueldad”” hacia las aves en la estrategia planteada…” (uso de cebos tóxicos).
Sin comentarios.
En resumen, es importante reconocer que la naturaleza es un sistema complejo constituido por innumerables componentes interrelacionados. Las proposiciones de soluciones simples y mágicas por lo general no tienen efectividad y muchas veces incluso provocan consecuencias indeseables. Ignorar la esencia de los sistemas ecológicos en el contexto del manejo de vida silvestre es terreno propicio para el malgasto de recursos y para la generación de problemas inesperados. En el caso analizado, el uso de cebos tóxicos seguramente no es la única alternativa, pero sí una de fácil aplicación relativa. Más allá de los aspectos estrictamente técnicos, el envenenamiento de animales en el contexto de la producción de alimentos parece una propuesta más coincidente
con filosofías del siglo XIX que con una intención de alinear nuestras actividades productivas con los desafíos sociales, económicos y ambientales de la actualidad.
Adrián Azpiroz, PhD
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